11 de noviembre de 2011

Dar amor es gratis

La vida canta en nuestros silencios, y sueña cuando dormitamos. E incluso cuando estamos abatidos y humillados, la Vida está en su trono y allá en lo alto. Y cuando lloramos, la vida sonríe a la luz del sol, y es libre hasta cuando arrastramos nuestras cadenas.

A menudo damos a la Vida nombres amargos, pero sólo cuando nosotros mismos estamos amargados y oscuros. Y la consideramos vacía e inútil, pero sólo cuando nuestra alma vaga por sitios desolados, y cuando el corazón está ebrio de sí mismo.
 Khalil Gibrán; "El jardín del profeta"


Al poeta libanés Khalil Gibrán hay muchas cosas que reconocerle en cuanto a sus obras, y la primera de todas es la maravillosa cualidad que poseía de revestirlas a un mismo tiempo de una belleza aplastadoramente sencilla, de una elegancia que roza y se trepa en lo mayestático, y de una voluntad reflexiva que echa raíces en lo más profundo de las verdades del espíritu humano.

El valor de la vida y de la libertad es un tema recurrente en las obras de este autor. Ya lo ilustra también en Espíritus rebeldes (conformada por los cuentos Khalil el hereje y El llanto de los sepulcros), cuyos protagonistas hacen frente a la opresión y a las penurias en sus vidas - la pobreza, la tristeza, la soledad, la pérdida de seres amados -, aferrándose muchas veces a nada más que la compasión, la profunda comprensión del sufrimiento vivenciado en carne propia, la esperanza, o a los que como ellos también sufren. Sus vidas y sus experiencias están signadas por todas esas cosas, y son esas las aguas tempestuosas que los personajes deben navegar, timoneando una barca que pareciera demasiado enclenque como para poder resistir los violentos embates de las olas, cuyo rugido incesante pareciera que sofoca cualquier lamento o pedido de auxilio.

A las personas no nos gusta sufrir y ese es un hecho que damos todos por sentado. Si nos lastimamos, vivenciamos el dolor físico como una experiencia desagradable. Si sufrimos por algún motivo, aunque estemos físicamente bien, lo vivenciamos igualmente como una experiencia desagradable. Del mismo modo nos produce rechazo el sufrimiento ajeno, sea físico o espiritual.

El dolor nos desagrada y nos genera rechazo; sin embargo, también es un importante componente de nuestras vidas y que de hecho la hace posible. Nos indica que apartemos la mano del fuego para no hacernos una quemadura peor, nos alerta que paremos cuando nos lesionamos para no agravar un esguince, nos avisa que nos abriguemos cuando hace mucho frío para que no nos enfermemos. El sufrimiento espiritual no es diferente en ese sentido: cuando sufrimos por determinadas situaciones que nos pasan a nosotros o a nuestros seres queridos, o aun por gente que ni siquiera conocemos y que vive quizás en el otro lado del mundo, es ese sufrimiento el que nos pone sobreaviso de que aquello que lo causó es perjudicial, que no está bien. Por ejemplo, esa persona vulnerable que está sola, sin nadie que la cuide y que la consuele, que la aconseje y que le dé el afecto del que ninguno de nosotros puede prescindir sin echarlo en falta.

Hace un tiempo, unos compañeros míos de Movidos por la Vida asistieron a un evento de jóvenes, en donde se trataba el aborto entre otros temas. Yo no tuve la oportunidad de asistir, pero de entre las experiencias que trajeron de dicho evento, una tenía que ver con el intercambio de opinión con un chico que adujo lo siguiente en favor de despenalizar el aborto en nuestro país: "es mejor abortarlos antes que nazcan y después salgan a robar". Lo dijo a propósito de los barrios más humildes, asumiendo como no es infrecuente dos prejuicios a la vez: que las personas humildes quieren el aborto y que las personas humildes son delincuentes.

Nuestra experiencia yendo barrio por barrio, desde los más pudientes hasta los más humildes, es exactamente la contraria respecto a ese primer prejuicio: en los barrios humildes nos encontramos con la mayor cantidad de personas provida, tanto así que a la mayoría ni siquiera tuvimos que salir a buscarlas, porque ellas se acercaban a nosotros a preguntarnos qué hacíamos y a manifestarnos su apoyo. En cuanto a lo segundo, ignoro si el muchacho en cuestión poseía el don de la clarividencia. Yo, que no lo poseo, me acostumbré a otorgar el beneficio de la duda: no sólo no sabemos ni tenemos cómo saber en qué se convertirá un niño cuando crezca; sencillamente no tenemos el derecho a prejuzgarlo por el entorno socioeconómico en que le tocó nacer.

Una versión más benévola pero tristemente similar a ese alegato, y que también se escucha más a menudo de lo que me gustaría, es la siguiente: "¿para qué dejar que nazca un niño que nadie lo va a querer, o que lo van a maltratar sus padres, o que va a terminar siendo abandonado en la calle?"

Quiero hacer un paréntesis en estos dos desafortunados supuestos, para volver a la belleza sencilla y profunda con que Khalil Gibrán retrataba la naturaleza del espíritu humano. Porque el sufrimiento, sea propio o ajeno, nos genera rechazo y lo percibimos como algo que no está bien; y no pocas veces corremos el riesgo de intentar bien evadir o bien sepultar aquello que lo ha causado. Y así, aunque tenemos la certeza inequívoca de que todas esas cosas que generan sufrimiento están mal - la pobreza, el hambre, la falta de amor, el maltrato, el abandono -, preferimos mirar hacia un costado y pasar lo más rápidamente posible para dejarlo atrás, o bien tratamos de eliminar sistemáticamente las consecuencias del mismo en lugar de aquello que lo ha causado. No nos gusta mirar el sufrimiento a la cara, y no siempre resulta sencillo enfrentarlo y lidiar con él. Por eso, y muchas veces bajo la oscura lente del prejuicio, las personas prefieren que se aborte a otras personas porque juzgan que sus vidas, signadas por el sufrimiento en sus diversas variantes, carecerán de sentido y que la felicidad estará siempre más allá de su alcance.

En Khalil el hereje, un monje caído en desgracia es expulsado de su monasterio para morir en medio de una tormenta de nieve. Una humilde campesina y su hija lo encuentran y le ofrecen resguardo en su casa, compartiendo con él lo poco que apenas les alcanza para subsistir. En El llanto de los sepulcros, un peregrino se encuentra con los que han perdido a sus seres queridos por la pobreza y la opresión despótica de quienes los tienen sumergidos en esa pobreza, y que arriesgándose a sufrir represalias acuden a la tumba de esos seres queridos para honrar su memoria y el cariño que les profesaron en vida - que todavía les profesan en el recuerdo.

La vida de que disfruto ha sido generosa conmigo en cuanto a enseñanzas, de las que muchas me costaron algún tropiezo y porrazo contra el suelo. Una de esas enseñanzas es que no existe nadie tan pobre que no tenga amor para dar a los demás. Incluso quienes apoyan la despenalización/legalización del aborto con tales palabras, identifican la falta de amor como uno de los flagelos que descargan heridas y sufrimiento sobre los menos afortunados. ¿Por qué, siendo el amor una carencia que cualquiera de nosotros tiene capacidad de sobra para subsanar, optan en vez de eso por echar tierra sobre el llanto de los sepulcros de los herejes que no cometieron más pecado que venir al mundo en situaciones menos favorables que nosotros?

Existen ONGs que trabajan con personas en situación de calle, muchas de ellas sin una familia o que han sido maltratadas por esta, con personas en situación de adicción y que han delinquido por esta u otras causas; ONGs que trabajan concretamente con embarazadas en situación de vulnerabilidad social (como nuestras queridas Madrinas por la Vida, que las atienden y ayudan todos los días del año); existen hogares de acogida, que nosotros hemos tenido el privilegio de poder visitar, en donde los niños no pueden estar mejor atendidos y contenidos; existen familias más que dispuestas a recibirlos en su hogar para que formen parte de él - nada menos que 500 familias en nuestro país -; y existen personas como vos y como yo, que al menos algo tienen de sobra: capacidad de sentir compasión por esos niños y de quererlos.

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