14 de febrero de 2012

Mitos abortistas: "Cogito, ergo sum."

Hace ya unos cuantos días que tomé contacto con otra joyita en defensa de la legalización del aborto en nuestro país. Supe de ella a través de la nota Derecho a réplica por nota de Hebert Gatto en diario El País, y quisiera abordarla por la gravedad de la ignorancia y deshonestidad intelectual flagrantes que revisten las afirmaciones en ella recogida. Tenía la intención de abordar este tema en una nota posterior, pero han querido la suerte y las imprudentes declaraciones de este señor que lo aborde en la presente.

El señor Hebert Gatto, político del Partido Independiente, recurre en afán de pretendida evidencia a la misma anáfora que muchos otros cuando hacen afirmaciones de carácter similar a las suyas: los especialistas. Especialistas sin rostro, sin nombre y sin un título que avalen su supuesta pronunciación en la materia; especialistas cuyos nombres, publicaciones y fecha de las mismas no aparecen citados como referencia, cosa que se exige a cualquier trabajo de carácter científico (pero no, al parecer, a las descuidadas afirmaciones de este señor); especialistas, al parecer, con un alarmantemente escaso contacto con los textos de Embriología que maneja cualquier facultad o escuela de Medicina. Especialistas, en definitiva, inexistentes; una anáfora con pies de barro que sostiene lo insostenible en pleno siglo XXI.

Hablemos en términos de especialistas y evidencia. El señor Gatto recoge en su nota las siguientes afirmaciones, en presunta concordancia con anónimos especialistas:

No cabe duda que el feto es vida, pero ¿es persona? La pregunta no admite una respuesta definitiva. La mayoría de los especialistas sostienen que hasta pasadas las doce semanas de su concepción, no tiene un sistema nervioso diferenciado o centralizado. Ni conciencia de sí, ni conciencia de ninguna clase. Aunque no por ello deja de ser tejido vivo y un ser en potencia. Vida, si nada se interpone, en proceso de personalizarse, vida con una dirección.

Este señor asume demasiadas cosas sin haber tenido antes la delicadeza de revisarlas, una por una: asume que una persona sólo lo es cuando tiene un sistema nervioso diferenciado y maduro, cuando tiene consciencia de sí misma y del medio que le rodea, y que los especialistas - bienamada anáfora y madero al que se aferran desesperados los que no encuentran otro sostén para mantener sus afirmaciones a flote - están de acuerdo con todo ello y que afirman, asimismo, que hasta pasadas las 12 semanas de gestación no existe un sistema nervioso diferenciado ni centralizado.

Impresionante, señor Gatto: los pacientes con enfermedades neurodegenerativas en etapa de deterioro cognitivo severo e irreversible, los pacientes bajo un coma profundo y los pacientes bajo anestesia general son, así las cosas, seres vivos pero no personas acorde a su definición. Seres indiscutidamente vivos pero que no tienen consciencia de sí mismos ni del medio que les rodea, y por tanto, no-personas. Estas no-personas, en algunos casos, pasarían mágicamente de ser personas a no-personas, y de no-personas a ser personas nuevamente; tal es el caso de un paciente que despierta del coma profundo o el paciente bajo anestesia general; o de ser personas a no-personas de manera definitiva, en el caso de aquellos pacientes en coma irreversible cuyo deterioro cognitivo es ya irreversible también. A estos seres vivos/no-personas, sin consciencia de sí mismos ni de su medio, el Estado no tiene por qué protegerlos si hemos de creer al señor Hebert Gatto.

Ignoro de dónde - especialista anónimo o texto médico - sacó Hebert Gatto el maravilloso criterio del grado de consciencia para definir a la persona humana. Pero es conveniente no desaprovechar la ocasión, que sirve él mismo en bandeja, de abordar la siguiente cuestión: según sus afirmaciones, presuntamente avaladas por los invisibles y anónimos expertos, tan esquivos a aparecer debidamente mencionados como referencia, un feto no tiene ningún tipo de consciencia (ni de sí mismo ni del medio en que se desarrolla) hasta las 12 semanas de gestación o incluso pasadas estas 12 semanas. Oh sorpresa: no solamente la tiene, sino que la tiene ya desde la etapa embrionaria, no desde la etapa fetal.



Esto son embrioscopías realizadas en tiempo real: lo que vemos en ellas es nada más ni nada menos que al embrión en vivo y en directo, esa persona diminuta - persona, sí - cuyo rostro sólo podíamos imaginar a través de los libros y delinear aproximadamente en una ecografía prenatal. El embrión de 6 semanas - no 12 semanas; 6 semanas - está claramente muy activo y tiene el grado de consciencia más que suficiente como para realizar movimientos espontáneos por su propia cuenta (necesarios para un sano deasrrollo neuromuscular), y tiene absoluta consciencia del medio que le rodea (la matriz uterina) a tal grado que percibe y reacciona ante estímulos táctiles.

Al cabo de las 8 semanas, no después de las 12 semanas, es cuando finaliza el periódo embrionario con un embrión que ya cuenta con más del 90% de las estrcuturas del cuerpo humano - esto es, más de 4000 estructuras anatómicas diferentes. Incluyendo un sistema nervioso con todo y cerebro capaz de dar órdenes y relacionarse con el medio que le rodea, del cual es plenamente consciente.

La vida existe desde el momento de la concepción, señor Hebert Gatto. Usted podrá ser partidario de la teoría de la generación espontánea, hace tiempo dejada atrás con las investigaciones de Luis Pasteur; pero los científicos de rigor tienen muy claro que los seres humanos no aparecen por generación espontánea a partir de algo no-vivo y no-humano. Esa nueva vida es de carácter indiscutidamente humano y distinta a su vez de la de cualquier otro ser humano:
  • La vida no se define en función del grado de consciencia del organismo considerado, una definición tan rudimentaria y de la que todavía nos debe la evidencia en que se basó para afirmarla, simplemente no tiene cabida en ningún texto de biología, desde los que manejamos en Facultad de Medicina hasta los que maneja cualquier niño de edad escolar. La vida está definida por la cualidad de un organismo determinado (desde el más primitivo hasta el más complejo) de cumplir con las funciones vitales de nutrición (respirar, alimentarse), reproducción (la capacidad de perpetuar la especie, que se adquiere con el desarrollo), y relación con el medio que le rodea. Todo esto lo hace hasta la bacteria más primitiva de todas.
  • La vida no surge mágicamente de algo no-vivo. No existe tal cosa como "vida en potencia" que mágicamente se convierte en vida en un momento determinado; hay vida o no la hay. Los seres humanos no surgen por generación espontánea en el útero, ni tampoco comienzan como un cúmulo de tejido vivo aislado que mágicamente adquiere individualidad y carácter de persona.
  • De dos seres humanos, hasta nuevo aviso, sólo puede surgir otro individuo humano. Cariotipo humano de 46 cromosomas; a saber, 44 autosomas y un par sexual (XX o XY). Esos cromosomas se agrupan en los mismos 7 grupos que en cualquier otro individuo humano, acorde al tamaño de los mismos y a la posición del centrómero. Al practicárseles una técnica de bandeo cromosómico con tinción de Giemsa, ya se trate de un individuo adulto o de un recién nacido o de un cigoto, el patrón de bandas es ni más ni menos que el patrón de bandas de la especie humana; no otro.
  • Para el Derecho uruguayo, tal y como consta en el artículo 21 del Código Civil, se define como persona a todo individuo perteneciente a la especie humana.
  • Ese individuo de la especie humana posee, desde el momento mismo de la concepción, una identidad genética propia que es única e irrepetible, diferente de la de sus progenitores y la de cualquier otro ser humano sobre la faz del planeta. No es una parte del cuerpo de nadie más. No existe una sola célula de nuestro cuerpo que posea una identidad genética diferente a la nuestra.
  • "Persona" no es un accidente que le sucede al individuo humano en un momento X de su desarrollo, que usted ha designado arbitrariamente como el momento en que el individuo humano es consciente de sí mismo y del entorno. No sólo porque sus afirmaciones son absolutamente falsas, movidas bien por la ignorancia o bien por la deshonestidad intelectual (o un poco de ambas), sino porque está usted dejando fuera del concepto de "persona" a aquellos individuos adultos cuya consciencia de sí mismos y de su entorno se encuentra abolida de forma temporal o definitiva.
No conforme con cuestionar todo lo anterior, el señor Hebert Gatto cuestiona asimismo la finalidad misma del Estado añadiendo más leña al fuego:

"(...) el Estado, sin romper la imparcialidad liberal, no puede, como pretenden los antiabortistas, enrolarse en la promoción abstracta de la vida por considerarla sagrada, trascendental o con potencialidad de personificarse. Ni es su función determinar el valor de la misma, por fuera o con independencia de las personas concretas que la encarnen. Sólo éstas portan derechos y únicamente sobre ellas se pueden perpetrar daños o delitos que exijan respuesta estatal."

El Estado sí tiene la absoluta e ineludible obligación de reconocer el valor de la vida humana y protegerla en consecuencia; y que sea un personaje de la esfera política quien desconoce o pretende desconocer esta realidad, resulta irrisorio en el mejor de los casos y alarmante en el peor de ellos. De hecho, es imposible haber pasado por nuestra educación secundaria sin haber tenido que leer lo siguiente en algún momento:

Constitución de la República Oriental del Uruguay
II.- Derechos, deberes y garantías.
Capítulo I
Artículo 7º - Los habitantes de la República tienen derecho a ser protegidos en el goce de su vida, honor, libertad, seguridad, trabajo y propiedad. Nadie pude ser privado de estos derechos sino conforme a las leyes que se establecieron por razones de interés general.
Artículo 8º - Todas las personas son iguales ante la ley no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes.

Cabe destacar que nuestra Constitución habla de los habitantes de la República - no solamente de los ciudadanos, sino de todos los habitantes por extensión -, lo cual borra de un plumazo la pertinencia de cualquier objeción (de la clase que suelen oponer los partidarios del aborto) al decir que "el no nacido no es un ciudadano y por tanto la ley no está obligada a salvaguardar su vida". El útero, hasta nuevo aviso, no es una dimensión desconocida aislada de nuestro tiempo y espacio: el no nacido también es un habitante de la República, y por tanto, tiene derecho a que se lo proteja en el goce de su vida. En dónde se menciona aquí el grado de consciencia del individuo, lo ignoro. Lo que sí menciona fuera de toda duda (por lo menos para quien sabe leer y escribir), es que nuestro Estado sí reconoce la vida de sus habitantes como un valor que debe ser protegido. El Estado existe para reconocer, promover y salvaguardar los derechos de sus habitantes; no para jugar a una suerte de indiferencia "políticamente correcta".

No lo consagra solamente nuestra Constitución, que está por encima de cualquier otra norma (y de las tristes afirmaciones del señor Hebert Gatto), sino que lo consagran también diferentes convenciones nacionales de las cuales es firmante nuestro país, como es el caso de la Convención Americana sobre Derechos Humanos (el "Pacto de San José de Costa Rica"), que en su Artículo 4º.

Demasiada sanción para tan débil sustento, señor Gatto. Los textos de Derecho y de Medicina y la evidencia están a disposición de todos; no hay pretexto para no haberlos consultado y exponerse abiertamente al ridículo académico. Si no es capaz de discernir cuándo comienza la vida, cuándo está enfrente de una persona y cuál es la misión del Estado, la culpa es enteramente suya por no haberse esforzado un poco más en informarse apropiadamente, antes de lanzar afirmaciones tan irresponsables y deshonestas.

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