17 de mayo de 2012

La catástrofe innominada

"Ahora que se ha terminado
sólo quisiera abrazarla.
Daría todo en el mundo para ver
a ese pedacito de Cielo devolviéndome la mirada.
Ahora que se ha terminado
sólo quisiera abrazarla.
Tengo que vivir con las decisiones que tomé,
y hoy no puedo vivir conmigo mismo."


- Skillet ("Lucy")

Creyente o atea, no existe una persona que con la mano en el corazón y formación en el tema - pero la mayoría con un conocimiento puramente instintivo - sea capaz de rechazar la implicancia y el poder de las palabras. La palabra - hablada o escrita - es el puente tendido entre los pueblos del mundo: hace posible darle un nombre a todas las cosas - objetos concretos o ideas abstractas, a la vida en todas sus manifestaciones, e incluso a un individuo particular entre los de su especie. Las palabras, y en particular los nombres, tienen una implicancia tal que incluso aunque dos personas compartan el mismo nombre, esa misma palabra se moldea de una forma absolutamente diferente cuando nos referimos a una y otra. Una misma palabra para describir un pensamiento, un sentimiento o un estado de ánimo, para compartir una idea o hacer una observación, se moldea de todas las formas imaginables dependiendo de la prosodia con que la cincelan nuestros labios. O por el contrario, pueden existir muchas palabras para nombrar una misma cosa. Los inuit tienen más de treinta nombres diferentes para el caribú, debido a la enorme importancia que reviste este animal en su cultura; todas ellas con connotaciones y atributos particulares pese a que nombran un mismo animal. Dentro de la esfera religiosa, los musulmanes le rezan a Allah (Dios) con noventa y nueve nombres distintos, todos referidos a un atributo particular aunque se refieran al mismo Dios.

El universo de las palabras constituye una cosmogonía inmensa, rica, y casi o totalmente inabarcable. Algunas son tan particulares que, cuando queremos trasladar su significado hacia un equivalente en otro idioma o dialecto, buena parte de su significado se pierde o sufre un sesgo en mayor o menor medida; y a veces ni siquiera es posible encontrar equivalentes en otra lengua. No obstante, existen  atributos, cualidades y conceptos que tienen un equivalente en todas las lenguas del mundo, pues el mensaje que transportan y comparten es común al género humano y se entiende en todas ellas. Uno de esos conceptos es el que quiero abordar en esta nota. Podríamos desenterrarlo y desempolvarlo en todos los idiomas o dialectos, y en todos ellos encontraríamos un equivalente para el significado de estas palabras. Me remito, sin embargo, sólo a dos ejemplos del caso; primeramente porque no soy lingüista; y en segundo lugar porque su historia no es ajena al conocimiento de casi nadie.

En swahili, se dice Maafa. En yiddish, se dice Shoah. Son palabras que se emplearon para denominar a la creencia de que hay seres humanos superiores y otros inferiores, y que los seres humanos superiores tienen derecho de marginar, seleccionar, ejecutar o disponer como quieran de los seres humanos inferiores. Tiene distintos nombres en los distintos idiomas de los distintos lugares donde se vivió, y todos se traducen de la misma manera: CATÁSTROFE. La catástrofe de mediados de siglo XX y de nuestro presente siglo XXI no es diferente de las catástrofes precedentes en ese sentido: hay una creencia de que existen seres humanos inferiores que no son personas y no tienen los mismos derechos que los seres humanos superiores o "de pleno derecho", los cuales tienen la potestad (en muchos casos legalmente amparada) de disponer a voluntad de los inferiores. En todos los idiomas, esta catástrofe tiene la misma traducción: ABORTO.

Cuando sobreviene una catástrofe tan grande, que todos los idiomas y dialectos del género humano se ponen de acuerdo en ella, eso constituye una doble señal de alerta: que esa catástrofe no debería haber sucedido nunca, y que no es la primera vez que sucede. Tal vez la única catástrofe peor que aquella para la que hay un nombre en todas las lenguas humanas, sea aquella a la cual ningún idioma ni dialecto a lo largo de la Historia ha sido ni es capaz de darle un nombre: la catástrofe de los padres que pierden un hijo. Y en eso, lector, también se ha puesto de acuerdo el género de humano en todas las épocas y en todos los idiomas: es tan horrible y desgarrador que ni siquiera se lo puede nombrar.

Estamos diseñados para sepultar a nuestros padres; no a nuestros hijos. Al hijo que pierde a sus padres se le llama "huérfano", al hombre o mujer que pierde a su cónyugue se le llama "viudo"; pero no hay un nombre para referirse al padre o la madre que pierde a un hijo. Es algo tan antinatural, espantoso y devastador, que desde que existe la raza humana ningún idioma ha podido darle un nombre a algo así. Para lo que sí tenemos un nombre en todos los idiomas, es la causa y efecto de esa catástrofe impronunciable que ya lleva décadas azotando a la Humanidad, muchas veces con aval y garantía de las propias leyes cuya finalidad debiera ser diametralmente contraria: el nombre es ABORTO.

El estribillo que encabeza esta nota es el de una canción del grupo Skillet. Como explica John Cooper (el líder de la banda), la canción se inspira en el sentimiento de pérdida que la muerte de su bebé (en este caso por un aborto provocado) deja como saldo en dos jóvenes padres:

Quiero contarles una historia acerca de una chica y un chico que se encontraron en una situación difícil. No sabían qué hacer cuando descubrieron que ella estaba embarazada; eran jóvenes, no tenían nada de dinero, estaban asustados, no querían contarle a nadie, no sabían qué hacer, y la única opción que podían ver era la de terminar con el embarazo. Así que eso es lo que decidieron hacer... fueron a la clínica, se realizó el procedimiento, y al principio sintieron alivio de que todos sus problemas hubieran desaparecido. Pero entonces ocurrió algo que ellos no esperaban... y eso es acerca de las siguientes semanas, que se convirtieron en meses, cuando ellos comenzaron a sentir una intensa tristeza... y un dolor y agonía y culpa que no se iban. No sabían qué hacer, así que finalmente fueron a un consejero; le dijeron: "Mira, dinos qué hacer, de verdad no sabemos"; y el consejero les hizo una sugerencia. El consejero dijo: "Esto es lo que necesitan hacer - dejen de actuar como si se hubieran realizado un procedimiento, y actúen como si hubiera ocurrido una muerte en la familia". Así que la pareja se fue a casa y tomó tres decisiones: la primera, decidieron realizar un funeral para su bebé; la segunda, comprar una pequeña lápida; y la última decisión fue darle un nombre a su bebé. Luego de un par de semanas finalmente decidieron cómo llamarla: Lucy.

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